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El recorrido de las manos, el golpe en cada una de las teclas, el sonido que es una orquesta en sí mismo. Quién sabe qué de todo esto fue lo primero que atrapó a Julio Mazziotti y lo tomó cautivo para siempre de la magia del piano.

El piano me eligió a mí, de la misma forma que yo elegí al piano. Su complejidad lo hace diferente a los instrumentos monofónicos, que logran sólo un sonido por vez. El piano es una maquinaria que fascina y atrapa. Con el se puede lograr melodía, armonía, ritmo... es una orquesta.

La pasión con la que habla de su instrumento lo define. Sin su piano, no sería él mismo.

Habrá que ser un poco mago, un poco alquimista, para trasladar ese sentimiento a las teclas y las clavijas: Nadie enseña a sentir la música. Podés aprender a tocar un instrumento y lograr sonidos muertos, sin nunca aprender a sentir la música verdaderamente.

La primera imagen que recuerda de su niñez es el salón de música de la primaria, el piano ahí presente, gigante. La mirada absorta de Julio, los ojos grandes ante la magnitud de la música: Empecé a pedirle instrumentos a mi papá. Siempre digo que soy un luthier frustrado por que creaba además mis propios instrumentos, con copas, con botellas, con cacerolas, palos. Siempre estaba haciendo ruido, me encantaba lo sonoro.

Empecé a estudiar música con una guitarra, pero siempre con la mirada puesta en el piano. Entré a la escuela de música a los 13 o 14 años y estuve varios años en el ciclo preparatorio estudiando piano, pero sin tener uno en mi casa. Hasta que mis padres, cuando yo tenía unos 16 años, cada vez se convencían más de que esto iba muy en serio y me alquilaron un piano en una casa que ya no existe, que se llamaba Toro e hijos.

 Desde el día que llegó ese piano negro, antiquísimo, a mi casa, no dormía, fascinado por tenerlo. Cuando cumplí 18 años me regalaron mi primer piano.

(Fragmento de nota realizada por "Gisela Olmedo" para la revista ClubHouse)


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